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Un Sombrero De Copa

Un sombrero de copa

Esa es la primera imagen que se me viene a la mente cuando se habla de Giuseppe Verdi, el famoso retrato pintado por Giovanni Boldini en 1886, en el que aparece vestido de negro, con un pañuelo blanco al cuello y un sombrero de copa negro. Supongo que será de haberlo visto tantas veces en los libros de historia de la música. Su barba blanca y su mirada a algún punto en el infinito le confieren una expresión de autoridad, de sabiduría, con un punto de melancolía; parece casi una mirada a todo lo que ha dejado atrás, a toda la música que ha creado y ha vivido.  Es una imagen que inspira respeto y veneración al maestro italiano.

Reconozco que la ópera nunca ha sido mi género más predilecto, creo que principalmente por pereza y por falta de tradición cercana, pero sé apreciarla. Y lo cierto es que Verdi está considerado como uno de los compositores de ópera más importantes de la historia, y no por casualidad. Ha dejado fragmentos operísticos absolutamente inolvidables e imprescindibles, de esos que escuchas y no te queda más que dar gracias por que exista esa música… Hemos escuchado esas piezas, extraídas de sus óperas, en cine, anuncios, dibujos animados… hasta en centros comerciales, supongo. A qué aficionado a la música no le suenan títulos como Va pensiero, La donna è móbile o Libiamo ne’ calici. Son un coro, un aria y un dúo, pertenecientes a las óperas Nabucco, Rigoletto y La Taviata, respectivamente. Quizá por los títulos no, pero estoy seguro de que al escucharlos reconocerían las melodías inmediatamente y las tararearían de forma casi inconsciente; esa es una de las grandes virtudes de la música de Verdi.

Este año se cumplen 200 años de su nacimiento (10 de octubre de 1813), y con motivo de santa Cecilia, patrona de los músicos (22 de noviembre), estamos dedicando casi toda la actividad musical de la EMMDO a su figura. En este artículo no voy a hacer ningún estudio sobre Verdi, para eso ya hay mucha bibliografía con más rigor. Solo espero aportar mi pincelada y animar a escuchar y conocer un poquito más a este autor, merece la pena.

Tradición y formas de entender la ópera

Uno de los principales rasgos de Verdi es el tradicionalismo: “Vuelve a lo antiguo y serás moderno”, decía. Resulta que el movimiento hipster ya estaba inventado en el siglo XIX… Vale, eso era una reflexión fuera de lugar. Su música y su tradicionalismo estaban muy vinculadas al nacionalismo italiano, entendido desde la perspectiva del siglo XIX: en aquel entonces, Italia no existía como tal, estaba desmembrada y a menudo bajo control de otras potencias. Los italianos querían su reunificación, y la música de Verdi, tan tradicional, tan heroica, tan del lado de los oprimidos, era el símbolo perfecto de esas ideas. Incluso el propio Verdi era el símbolo de la reunificación italiana: al grito de ¡Viva Verdi! La gente también decía “Viva Vittorio Emmanuele Re D’Italia” (el aspirante al trono de Italia era Víctor Manuel de Saboya).

Verdi pensaba mucho en su público, y hacía melodías de esas que se quedan, de esas que luego la gente cantaba por la calle. Todo lo contrario que su coetáneo Richard Wagner, de quien también se cumplen 200 años de su nacimiento. A pesar de que no se conocían personalmente, constantemente se les compara por ser del mismo año y por ser dos grandes de la ópera, cada uno a su manera. Y ambos conocían la música del otro, y se referían uno al otro con respeto (aunque se dice que Wagner a veces se mofaba de las melodías fáciles de Verdi, envidiando en realidad lo accesibles que eran al público). Wagner no pensaba en el público, pensaba en transgredir, en llevar la ópera a sus extremos, en crear la obra de arte total (Gesamtkunstwerk) escribiendo él mismo la música y los textos. Sus temas eran sobre todo mitológicos, frente a los histórico-realistas de Verdi. Wagner supuso muchas innovaciones, tanto en la ópera en sí, como en la armonía tonal, que fue llevada al extremo, como en la orquestación. En la escuela de música, para nuestras actividades, escogimos la figura de Verdi por ser más asequible para los alumnos, ya que Wagner incluso para mí es una asignatura pendiente, no he llegado adentrarme apenas en su música.

La forza del destino

Es el título de una de las óperas de Verdi, original de 1862, y el libreto de esta ópera está basado en Don Álvaro o la fuerza del sino, obra teatral del español Duque de Rivas (1835). Está plagada de temas musicales españoles, y su obertura es, sencillamente, arrebatadora (sobre todo dirigida por Ricardo Muti). Pero no voy a hablar de esta obra, sino que voy a utilizar el título para hablar de la fuerza de Giuseppe Verdi para forjarse su propio destino en la música.

Y es que una de las cosas que más me ha llamado la atención siempre de este compositor es la dificultad de sus primeros pasos en la música. Verdi venía de una familia humilde, muy humilde, situada en un barrio periférico. Pero su interés y  talento para la música le llevaron a profesores particulares que fueron guiándole, hasta que se presentó a las pruebas de acceso al conservatorio de Milán… y quedó fuera. Lo rechazaron, según se dice por su corta edad y porque sus ejercicios no les parecieron suficientes. Así que ya está, cualquiera hubiera dicho “pues la música no es para mí”, y ahí se hubiera acabado la carrera musical de Verdi; ni Rigoletto, ni Aida, ni Réquiem

Pero no podía ser así, estamos hablando de un hombre con carácter que se sobrepuso, que buscó su formación musical como pudo, que llevaba la música tan dentro que tenía claro que habría de salir, de una manera o de otra… Estamos hablando de un hombre que cuando se hizo historia viva, cuando sus óperas eran un éxito internacional, el mismo conservatorio de Milán quiso poner su nombre a su institución… Y Verdi tuvo la entereza de decir que si no lo habían querido de joven, pues de viejo tampoco. Pero sí, al final acabó llamándose conservatorio Giuseppe Verdi, con las instituciones pasan esas cosas.

Esa historia de superación, desde que la leí en un libro de música allá por sexto de primaria más o menos, es la que me he ido repitiendo a mí mismo, una y otra vez, después de cada fracaso; o ante un examen o prueba de acceso; ¿de verdad un mal día va a tirar por tierra una aspiración elevada? ¿Hay mejores y peores músicos, o músicos que saben o no encontrar su sitio? Esa es la fuerza que cada uno tiene que buscar para su destino, sea en la música, la agricultura o el baloncesto.

Hasta el próximo desde mi atril, mientras tanto no se pierdan el Dies Irae, del réquiem de Verdi, dirigido por Claudio Abbado.

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