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La última Noche

La última noche

 Germán siempre ha tenido miedo a la oscuridad. No lo podía evitar. A pesar de los años, a pesar de saber que la oscuridad no hace daño, que no contiene monstruos ni criaturas extrañas ni malvadas _como así les decía a sus dos hijos cuando eran pequeños_ a pesar todo eso, cada noche sentía que un escalofrío le recorría todo su cuerpo cuando se apagaba la luz de su dormitorio y aparecía la oscuridad, la confusión y el silencio.

Germán miraba debajo de la cama disimuladamente para que Patricia, su mujer, no se diera cuenta de la estupidez que estaba haciendo. Tenía la certeza de que no se iba a encontrar nada raro -unas cuantas pelusas si miraba detenidamente-, pero aun así se asomaba, formaba parte de su “ritual del sueño”.

Ya sé que puede parecer ridículo, que a un adulto como Germán no le podían estar pasando esas cosas, que eso sólo ocurre cuando eres niño y que con los años se va pasando, pero era irremediable. El miedo se apoderaba de él -o de su imaginación-_ con tanto afán que llegaba a ver claramente sombras en las sombras, puntos diminutos de luz blanca moviéndose a su alrededor, bultos con forma de silueta humana,… Entonces, cerraba fuertemente los ojos y el remedio era peor que la enfermedad, ya que su oído se agudizaba y comenzaba a escuchar todo tipo de ruidos: pasos que se acercaban cada vez más, el susurro de una respiración justo a su lado, el sonido de lo que parecía el roce de un cuerpo arrastrándose por el pasillo. Se imaginaba incluso que la oscuridad se concentraba delante de él y se convertía en un ser horrible que se lo tragaba. A veces, la desesperación que su quimera le provocaba era tal que encendía de un manotazo la lámpara de su mesita de noche -no sin antes tirarla-, se sentaba en el borde de la cama envuelto en sudor y, con los ojos casi salidos de las órbitas, escrutaba todos y cada uno de los rincones que pudiera haber en la habitación y en el trozo de pasillo que la abertura de la puerta le permitía ver. Patricia, alertada por los ruidos, se despertaba, lo observaba durante unos segundos con pena e impotencia de no poder hacer nada por él y le daba un beso para, seguidamente, recostarlo de nuevo en la cama, como si de un niño se tratase, abrazándolo hasta el amanecer.

Germán conoce a la perfección la raíz de ese vergonzoso mal que lo atormentaba noche sí, noche también: su padre y su cinefilia. Era rara la noche que su padre no llegaba con una película de miedo para verla, ipso facto, en el recién comprado vídeo VHS, sin detenerse a pensar que un niño de 10 o 12 años no tiene edad para empaparse de escenas tan sangrientas y repugnantes como las que se sucedían en Carrie o en El día de los muertos o en Zombie o En la noche de los muertos vivientes o en La matanza de Texas; ni tan macabras como las que se podían vivir en El resplandor o en El abominable Dr. Phibes o en Hellraiser o en Psicosis.

Ahora, Patricia no está, se fue para siempre del lado de Germán hace dos años. Ya no tiene que disimular a la hora de aquietar sus temores nocturnos con un grito, ni molesta a nadie si un día decide dormir con una luz encendida. Ya no. Ya no está Patricia para calmarlo ni consolarlo hasta que aparezca el alba. Pero, últimamente, no se asoma debajo de su cama: ya no puede hacerlo y… le da igual. El sueño y el cansancio comienzan a aparecer cada vez más pronto, sus ojos se cierran y se abren despacio, con parsimonia, como si estuvieran siguiendo el ritmo de Audrey Hepburn y su Moon river en Desayuno con diamantes. A Germán le encanta esa película, no en vano la habrá podido ver unas veinte veces a lo largo de sus 68 años de vida. Muchas son las veces en que, recostado en su cama, la ha vuelto a ver, escena por escena, en su memoria que permanece intacta, no así su cuerpo que cada día se degrada más y más y se encuentra a merced de su incurable enfermedad.

Germán ha heredado de su padre la pasión por el cine, sí, pero no por el mismo género y tiene motivos suficientes para llegar a odiar como lo hace las películas de miedo, por banales que sean. Desde que su padre murió, contando él con tan sólo 19 años, nunca más ha vuelto a ver una cinta de miedo, ni siquiera un capítulo de una serie de misterio; en su casa, ya casado, siempre han estado prohibidos ese tipo de géneros, tanto en cine como en novela, y la razón no le faltaba. Y, aunque han pasado ya muchos años, los recuerdos le persiguen sin descanso y, en su cabeza, aún resuena el horrísono ruido que hacía aquella esfera metálica voladora persiguiendo al protagonista de Phantasm por un frío y gris pasillo de un tétrico panteón o el estridente sonido que hacían las uñas desesperadas de aquellos nauseabundos zombies cuando arrancaban de cuajo las puertas y las ventanas de las casas para comerse los cerebros de los vivos en aquellas sangrientas escenas de La rebelión de los muertos, y aún puede describir a aquellos extraños niños y sus brillantes ojos que aparecían en Los hijos de los malditos, aunque la película fuera en blanco y negro.

 Últimamente, Germán, está demasiado agotado para acordarse de esas horribles escenas y es algo que, aunque parezca una actitud propia del desafuero y el masoquismo, agradece de alguna manera. Ya no se acuerda cuánto tiempo lleva acostado, ni siquiera sabe exactamente qué hora es. Lo único que le importa es respirar y descansar. Su cuerpo le pide a gritos fundirse plácidamente en esas sábanas blancas de lino que cada dos días le cambia Rafaela, una cuidadora andina que también se encarga de bañarlo, darle de comer y afeitarlo, siempre con cariño y delicadeza. ayer tampoco vinieron sus hijos a verlo. Pero ya da igual, porque ayer fue la última noche que pudo ver sombras en las sombras, puntos diminutos de luz blanca moviéndose a su alrededor, bultos con forma de silueta humana,…, pero ayer no le dio miedo porque Patricia estaba allí, protegiéndolo, abrazándolo. Ayer fue la única noche que no sintió miedo cuando vio aquella intensa y poderosa luz en el pasillo, una luz que irradiaba paz, sosiego y fuerza, que lo atraía, que lo llamaba con cariño, como solo Patricia sabía hacerlo.

Germán, dejó resbalar por sus labios el nombre de su mujer, cerró sus ojos por última vez y dejó de tener miedo a la oscuridad. Para siempre.

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