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La Princesa De La Eterna Sonrisa

La princesa de la eterna sonrisa

 Este cuento es una metáfora a una vida llena de demasiadas sombras y solo algunas luces. Una vida marcada por el  dolor, por el miedo, por la pena y por la angustia. Una vida que puede ser la de tu amiga, la de tu hermana, la de tu madre, la de tu vecina…

Lee con detenimiento este cuento y abre tus ojos a la realidad:

 <<Érase una vez una princesa que vivía muy feliz en un precioso palacio junto a sus padres y sus dos hermanos. Amable y cariñosa, la princesa de mi cuento siempre llevaba una sonrisa dibujada en sus labios, algo que todos en palacio agradecían y, debido a ello, la conocían como la princesa de la eterna sonrisa.

Su vida trascurría feliz, se divertía con sus amigos, jugaba con los animales, viajaba y veía paisajes extraordinarios, disfrutaba de largos paseos por el bosque, se deleitaba con el olor de las flores y…un buen día, se enamoró.

 La princesa de la eterna sonrisa era aún muy joven, pero eso no impidió que su corazón latiera al compás de sus sentimientos. El príncipe de sus sueños había llegado una tarde a su jardín montado en un hermoso corcel blanco con la mejor y más verosímil de sus sonrisas, y la princesa de mi cuento no pudo hacer otra cosa sino enamorarse ciegamente de él.

 – Aún  te queda mucho por ver, por disfrutar, por vivir. Eres muy joven, hija mía. Piénsate mejor lo que vas a hacer” -le repetía su madre, una y otra vez.

 La princesa de la eterna sonrisa se casó por encima de todos y de todo y se fue a vivir al palacio de su príncipe azul. Aquel palacio era muy diferente al suyo: allí no había jardines, ni animales, ni risas, ni alegría, ni el canto de pájaros, ni el murmullo del agua en las fuentes, ni siquiera se podían abrir las ventanas: ¡estaba prohibido! A la princesa se le fue borrando poco a poco la sonrisa, aun así cayó y se resignó.

 Un día llegaron los castigos, las disculpas y la culpa; al siguiente, los encierros en la torre, el arrepentimiento y la vergüenza; y le siguieron los días de nuevos castigos, nuevas disculpas y nuevos perdones, y la princesa de mi cuento se apagó y dejó de ser la princesa de la eterna sonrisa para convertirse en la princesa de la eterna tristeza.

 Un buen día, en uno de esos encierros en la torre escuchó que un campesino que por allí pasaba preguntaba por ella:

 – ¡Princesa de la eterna sonrisa, ¿por qué no te podemos ver?! ¡¿Qué mal te aflige que no podemos disfrutar de tu sonrisa?! -gritaba el buen hombre delante del palacio de su príncipe.

 La princesa miraba y miraba por una de las rendijas que había en la ventana para ver si veía al dueño de esas palabras, pero no podía ver a nadie, solo aquella chimenea sucia y negra por donde salía un humo tan oscuro como su nueva vida.

 Al día siguiente, ocurrió lo mismo, pero esta vez fue una anciana que por allí pasaba la que preguntó por ella:

 – ¡Princesa de la eterna sonrisa, ¿dónde te has metido?! ¡¿Cuándo nos vas a regalar una de tus sonrisas?!

 La princesa se armó de valor y le contestó  a la anciana:

 – ¡No quiero que nadie me vea, mi cara no es la misma, la sonrisa se desdibujó y ahora está marcada por la violencia! – exclamó la princesa.

– La heridas de tu rostro se pueden curar pero, si continúas encerrada, las llagas de tu alma no sanarán nunca- le contestó la anciana con sabiduría.

 A la princesa de mi cuento se le escaparon de sus ojos dos lágrimas, y volvió a contestar:

 -No puedo salir de aquí, hay dos cerrojos en la puerta, abro el primero pero cuando voy a abrir el segundo se cierra el primero, ¿qué puedo hacer?

– ¿Has intentado abrir los dos a la misma vez, princesa? No tengas miedo de dañarte tus dedos, no tengas miedo de quebrarte tus uñas, ¡sal de una vez, antes de que tu alma muera!- gritó la anciana.

 La princesa se secó las dos lágrimas con el dorso de su mano y, lanzando un gutural “¡Basta ya, no puedo más!”, logró abrir a la vez los dos cerrojos que impedían ver más allá de esas cuatro paredes donde permanecía encerrada y salió a la luz, a esa luz que faltaba en su nueva vida. Y volvió a oler las flores, a pasear por el bosque, a jugar con los animales, a ver paisajes, a enamorarse y, lo más importante, volvió a sonreír>>.

 Moraleja:

Tú puedes ser el campesino o la anciana de cualquier otro cuento, injustamente no es el único que existe de princesas atrapadas en una vida cruel. No permitas que nadie viva un cuento como este, abre los ojos y ábreselos a los demás.

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