manosunidas

¡Qué lejos queda aquel día!

 Lejos queda ya el día en el que se te acabó la sonrisa y la alegría; aquel en el que en un solo segundo y con una sola palabra cambió el color de tu vida. Esas seis simples letras impronunciables se pronunciaron aquel día.

 Lejos queda ya aquella mirada vacía y distante de aquellos primeros días cuando te animábamos a que te sometieras a esa operación que tanto terror te daba; cuando te suplicábamos que comieras, que no te rindieras, que lucharas con todas tus fuerzas porque solo así se acabaría el sufrimiento.

Lejos quedan ya aquellas interminables sesiones de quimioterapia en el hospital, donde compartías los mismos sueños con tantos otros y otras que como tú sufrían silenciosamente. Pero no, no estabais solos, nunca lo estuvisteis. Ni siquiera en aquellas frías salas llenas de sueros elevados, máquinas, tubos, cánulas,…, y también muchas ilusiones y esperanzas. Allí, estaban esos profesionales atendiendo, cuidando, compartiendo con vosotros esos difíciles momentos.

 Lejos queda ya aquel primer día de tratamiento, en el que me soltaste la mano y recorriste, tú sola, aquel corto pasillo hasta llegar a la sala. Yo me asomé curiosa en una ocasión por el cristal de la puerta y vi el cariño con el que aquella joven enfermera te ofrecía un gorrito de lana hecho a mano. Luego, te acarició la cara y tú le sonreíste. Yo lo vi, vi aquella sonrisa, la primera desde que supiste de tu enfermedad. Una sonrisa especial que me insufló el alma de fuerza para seguir soportando junto a ti aquellas largas sesiones.

Lejos queda ya aquel día en el que te acompañé a la peluquería. Sin duda, otra muestra de tu valentía y de tu fortaleza interior. El joven que nos atendió colocó una silla en una zona apartada de los espejos y te indicó que te sentaras allí. Era lo normal, supongo. Tú preguntaste el porqué de aquel gesto. El joven no supo qué responder, se limitó a mirarme. ¿Te acuerdas? Cogiste la silla y la colocaste frente a uno de los espejos. “Ya estoy lista”, dijiste con la cabeza bien alta. El joven tomó la maquinilla de afeitar y comenzó su trabajo con un gesto de admiración hacia ti dibujado en su rostro.

Lejos quedan aquellos largos días en los que el cansancio podía contigo, aquellos en los que no tenías fuerzas ni para recorrer los pocos metros que separaban tu dormitorio del salón; aquel en el que, cansada de aquellos infructuosos intentos, te cogí en brazos, aun en contra de tu voluntad, y te dejé sobre el sofá para que vieras aquella serie que tanto te gustaba. Recuerdo que dejaste el brazo colgando un momento por fuera del sofá y los anillos se desprendieron de tus consumidos dedos, resbalando como si de una pista de patinaje se tratase. Aquel tenue ruido de los anillos al chocar contra el suelo fue una bomba directa al corazón de ambas, pero te hizo reaccionar de una vez y, aquel día, decidiste que tu vida aún te pertenecía, que aún tenías muchas cosas que vivir y ver, como la carita del primer y ansiado nieto. Aquel día decidiste operarte pasara lo que pasase.

¡Qué lejos queda aquel día!

Han pasado ocho años y, casualidades del destino, hoy, 4 de febrero de 2013, Día Mundial Contra el Cáncer, estoy aquí contigo, acompañándote a la salida de esa revisión anual, celebrando un año más que has vencido a la enfermedad.

A todas las personas que no se resignan y luchan cada día contra el cáncer. ¡Un brindis por la vida!