“Faltan soñadores, no intérpretes de sueños; artistas del alambre, música de afilador…”. Hacía tiempo que tenía ganas de cargar las tintas (sólo un poquito) contra los talent shows, y me acordé de esta frase de una canción de los 091 (Huellas). La cosa es que si por cada vez que me han dicho que vaya a uno de esos programas me hubieran dado un euro, ahora mismo tendría dinero para grabar otro disco, sin necesidad de pasar por ese circo. Paso a explicar, grosso modo, mis motivos para no prestarme a eso. Al menos por ahora, que decir nunca es traicionarse.

Vamos a analizarlo despacio: hoy día, lo que no sale en la tele prácticamente no existe; aunque internet esté ganando mucho terreno, la televisión sigue siendo el soporte promocional más potente. Y ahora mismo, ¿qué espacio le queda a la música en la televisión? Los conciertos sinfónicos de horarios rocambolescos y estos programas que, a mi parecer, ofrecen una idea muy distorsionada de lo que es la música. Bueno, también de vez en cuando algún telediario le dedica un tiempo raquítico a algo musical interesante. Sé de sobra que si uno busca el reconocimiento, mejor que se olvide de la música, porque son todas las vivencias y aprendizajes lo que hace que la música no tenga precio. Pero es lógico que si uno está creando le guste que su música llegue al mayor número de personas posible y le guste actuar en sitios… y a partir de ahí todo son obstáculos.

Para empezar, en estos programas no se prima la creatividad. Si vas a cantar, ya puedes tener una voz maravillosa o ser un virtuoso de la guitarra o de lo que sea. Si simplemente ofreces tus canciones… estás perdido amigo, tus historias no le interesan a nadie a menos que tengas detrás un padrino. En alguno de estos programas también de vez en cuando van músicos de formación clásica, con sus instrumentos, los cuales están en las mismas: o son unos virtuosos increíbles, o tienen que adornar su música con mil artificios, o contar chistes mientras tocan, o hacer el pino con las orejas… Porque claro, la música clásica tiene cabida, pero nos resulta tan aburrida que hay que buscarle extravagancias que nos entretengan… Pero eso sí, el programa de turno queda muy bien haciéndole esa concesión a la música clásica (¿alguno del jurado sabrá lo que es una sonata?) Y después te enfrentas al jurado: gente que canta (normalmente no han hecho una canción en su vida, salvo excepciones) y te dice obviedades, o gente del mundo del espectáculo en general que está ahí porque hay que pagar la hipoteca, o un señor con gafas oscuras que te da lecciones sobre la vida con malas maneras (y lo peor es que hay gente que lo considera un gurú de la cultura post-moderna). Exacto, ese es el panorama.

Total, que lo que buscan son prestidigitadores musicales o profesionales del karaoke que da igual lo que canten mientras lo hagan de acuerdo a unos criterios estéticos estandarizados. Ni mucho menos les quito mérito ni valor artístico a esos aspirantes, pero la creatividad queda condenada en esos formatos. Y lo que es peor: hacen pensar que la música es eso: fácil, frívola, un entretenimiento, un cantar sobre música de fondo que no nos importa de dónde ha salido…

Todo eso aumenta el miedo atroz que tenemos a dedicar tres minutos y pico de nuestra vida a escuchar una canción que no conocemos. Si el tipo que la canta es archiconocido no hay problema, todo son facilidades e incluso nos gastamos el dinero que haga falta, pero si no… uf, qué difícil. Y no digamos ya de otros géneros musicales (sinfónico, jazz, flamenco…). ¿Todo es malo? No creo, pero yo no veo esos programas, no me aportan nada. Sin embargo echo muchísimo de menos otra clase de espacios donde iba gente a actuar en directo con el objetivo de compartir, no de competir, y a hablar de su trabajo, no “a cumplir su sueño”, ese sueño que ya nos traen precocinado.

Por suerte quedan soñadores. El otro día en una tienda de música vi un disco de un buen amigo mío, y sin dudarlo lo compré, aun sin conocer ninguna de las obras que lo integraba. Y lo escucho, y lo he felicitado. Proyectos como ese son los que merecen el esfuerzo, ya lleguen a dos personas, a catorce o a cien mil, pero son esos en los que nadie te dice lo que tienes que hacer, en los que pones tu formación, tu personalidad y tu pasión con honestidad. Y esto puede implicar grabar discos, cantar en garitos, formar a otros músicos, estudiar viola, tocar pasodobles o bailar sevillanas, da igual la forma que adquiera el hecho mientras seas tú el que creas en lo que estás haciendo, y no cuatro personajes a sueldo al servicio de la cuota de pantalla.

“… porque sigue unas huellas que nunca le llevan al sol” (Huellas, 091).