La hija del lechero

Florinda Blanco Molina presenta su primer libro, una autobiografía novelada que transcurre desde 1942 a 1973 por diversos puntos de España

 

Vital y dinámica, Florinda Blanco acaba de publicar La hija del lechero (Editorial Osuna, 2015), una obra biográfica que recoge el viaje de esta ogijareña desde sus primeros años en el municipio, hasta su formación en colegios apostólicos por el norte de España y su incursión en la enfermería en Barcelona. Sin tapujos, esta divorciada, madre de 2 hijas y abuela de 2 nietos, comparte anécdotas y vivencias propias, reflejo al mismo tiempo de la sociedad de esos años.

– ¿Quién es La hija del lechero? ¿A qué se debe el nombre?

– Yo soy la hija del lechero. Mi nombre viene de que en mi casa teníamos cabras y mi padre llevaba la leche a Granada. Allí, se hizo una foto muy bonita en la plaza Bib-Rambla con sus cántaras y ese porte tan elegante y de persona íntegra, e hice que me la pintaran. Pensé que era la mejor portada para mi libro y el título del mismo.

– Es una autobiografía, pero novelada, ¿no es así? ¿Qué periodo comprende?

– Es más bien mi biografía novelada, que recoge desde 1942 hasta 1973 o 1974, pero todo lo que se dice es verdad. Yo no sé mentir. Los nombres son ficticios, salvo algunas personas que me han dicho que los plasmara.

– ¿Qué es La hija del lechero? ¿Qué se va a encontrar el lector?

– Primero hablo sobre la historia de Ogíjares en una época de crisis, como es la de la posguerra, porque yo nací en 1942. Describo tal como era el pueblo durante esa época, hasta que con 9 años que me metieron en el orfelinato, a raíz de la enfermedad y muerte de mi padre. Después continúo la trayectoria por cuatro colegios apostólicos, unos seminarios donde nos metían a las niñas para prepararnos para ser monjas, y explico cómo nos educaban y la formación que nos daban. Cuento también cómo y cuándo salí de estos centros y por qué no llegué a ser monja y culmino con mi emigración de Madrid a Cataluña, porque allí se había ido mi madre, los trabajos que desempeñé y el trato que recibíamos los emigrantes en Barcelona.

– ¿Cómo fue ese trato?

– ¡Malísimo! Si te valoran, te meten en su corazón y quieren que seas por narices catalana, y si no te valoran te miran de una manera súper despectiva. He tenido peleas descomunales. Hasta en el Parlamento Europeo en Estrasburgo, durante una visita de un grupo de mujeres andalucistas, tuve una trifulca con Heribert Barrera porque nos trataba a los andaluces como personas sin educación y sin principios a las que los catalanes habían tenido que soportar. Harta de ese tipo de comentarios, di un puñetazo en la mesa y dije ‘Hasta aquí hemos llegado’, porque si por algo Cataluña es grande hoy día es gracias a los emigrantes que nos estamos dejando la piel trabajando.

– ¿Ese carácter es lo que hizo que abandonara los colegios apostólicos?

– Fue una injusticia grande que cometieron, porque yo era una niña muy creyente y muy piadosa, tenía verdadera vocación, pero el error se debió a que mi madre se le ocurrió decirme en una carta que en Barcelona las enfermeras cobraban 3.000 pesetas y en el colegio, como leían todas las cartas, creyeron que cuando terminara el curso me iba a quedar en mi casa. Entre eso y una compañera que decía que yo tenía novio me echaron fuera. Me dijeron que las puertas estaban abiertas para mí, pero cuando quise volver no me admitieron, así que adiós.

– Volviendo a los orígenes, ¿cómo fueron esos años de infancia y de posguerra en Ogíjares?

– En La hija del lechero reflejo cómo pasábamos los niños la vida, el colegio al que íbamos, la educación que nos daban, lo que comíamos, la pobreza y falta de trabajo que había, la influencia de la iglesia en los fieles, que por ser pobres nos garantizaban el cielo.

¿Cómo recuerda el pueblo en esa época?

– Era un pueblo muy bonito, muy pobre, pero muy bonito, con muchos jardincitos con flores por todas las casas. La gente nos llevábamos bien, los niños jugábamos mucho… dentro del frío que teníamos, porque caían unos nevazos que nos llegaba la nieve hasta mitad de la pierna e íbamos incluso sin calcetines y chanclas de goma.

– ¿Cuál es su mejor recuerdo de esos años?

– Yo guardo unos recuerdos muy bonitos de toda mi infancia. Quizá el día de mi primera comunión y la ilusión de que mi padre, que era muy poco creyente y no quería ir a la iglesia, asistiera. Me pasó como a la niña de Al Sur, cuando miré hacia atrás vi a mi padre en el dintel de la puerta. Me dio mucha emoción

– ¿Y el peor?

-La enfermedad y la muerte de mi padre cuando yo tenía 8 años recién cumplidos. Quería a mi padre con toda mi alma, era un hombre con una ternura. Además, como era la pequeña de la familia, de los seis hermanos, pues todos me mimaban.

También recoge sus vivencias por otras ciudades. ¿Qué zonas vamos a descubrir en La hija del lechero?

– De Granada me trasladan a Lequeitio, en el Norte de Vizcaya, y el contraste es muy fuerte. La gente es más seria. ¡Hablaban en vasco y se decía la misa en vasco! Cosa que parecía impropia en un tiempo puramente franquista. Luego pasé a Sangüesa, en Navarra, y allí estuve bastante bien tres años. Me gustó bastante, un colegio muy amplio, precioso. De allí me mandaron a Madrid, al Cisne, un colegio muy estricto y severo, donde terminé el Bachillerato, y de allí a la Escuela de Enfermería en Carabanchel Bajo. Después, me fui a Cataluña con el último recibo de la escuela por pagar. En cuanto llego empiezo a trabajar como enfermera en Barcelona, pero no me dieron el título porque no me permitieron volver a examinarme y tuve que repetir curso en Barcelona. Entré en la clínica del doctor Puigvert, tuve una trifulca y me pasé a la clínica de Barraquer. Tuve otra contrariedad allí, porque en estos sitios tienes que cumplir las cosas que te mandan y, como yo no estoy hecha para que me manden, me puse a estudiar matrona. Estuve un año estudiando para matrona y trabajando.

¿Cómo ha cambiado Ogíjares? ¿Qué le llamó más la atención a su vuelta?

– Imagínate cuando he vuelto de nuevo a Ogíjares, que además he vuelto para meterme en activo en la política, peleando como una leona por el diseño urbanístico tan catastrófico que han hecho de mi pueblo, que lo han tirado por tierra. En cuanto a la gente, son más lo que han venido que los oriundos.

– Una vida intensa. ¿Cómo ha repercutido su historia a la Florinda que es hoy?

-Haciéndome una mujer fuerte, independiente, queriéndome mucho a mí misma y no importándome los comentarios de la gente. Ésta es la Florinda de hoy y casi la de siempre.

– ¿Qué le hizo lanzarse a escribir la novela?

– Es una inquietud que tenía desde hace tiempo, sobre todo para escribir la historia de mi separación, porque es fuerte y puede ayudar a muchas personas, pero como a mi pueblo lo tengo en mi corazón y lo he querido siempre muchísimo, decidí empezar por el principio, con la primera parte de la vida.

– ¿Habrá segunda parte entonces?

– Claro. Dos más. El siguiente será el de mi separación. Ya tengo algo escrito y el título será El niño del milagro. El tercer libro versará sobre mis años en la tercera edad y la vidorra que estoy pasando. No me he puesto fechas, porque estoy muy atareada: estudio Teología, soy catequista, colaboro en el Teléfono de la Esperanza y Cáritas. Espero que en verano, en mi terracilla, me pueda poner al atardecer y hasta que me duela la muñeca.

– ¿Qué espera de La hija del lechero?

– Lo he hecho porque creo que los mayores del pueblo que vivieron esa época les va a gustar poder reconocerse en el libro, y los jóvenes pueden imaginarse más o menos cómo Ogíjares en aquella época y comprenderlo mejor. Y la historia en sí tiene mucha importancia.

– ¿Dónde se va a poder adquirir?

– Por el momento, en el Corte Inglés, Librería Babel y las librerías del pueblo. Seguiré conversando con otras librerías que me ha pasado la editorial Osuna para venderlo allí también.