Saltear al contenido principal
Menú
El ángel De La Guarda

El ángel de la Guarda

Desde hacía dos meses, José María había decidido coger la línea 4 para ir al trabajo. Y, como cada mañana, allí estaba ella, algunas veces acompañada de su marido, pero siempre Manuela se colocaba en una esquina de la marquesina, cabizbaja, con su pelo castaño recogido con una pinza y su cara pálida y triste.

El autobús llegaba y José María, un hombre entrecano con el pelo casi plateado en los laterales que más que avejentarlo le confería un aire interesante, se subía el último. No podía dejar de fijarse en la mujer cabizbaja porque conocía muy bien la extrema gravedad de su situación familiar: ¡Iban a ser desahuciados!

Cada mañana, Manuela se encaminaba a cuidar de su madre que se encontraba en estado vegetativo desde hacía dos meses en el hospital San Juan de Dios. Algunas veces la acompañaba su marido cuando le salía algún trabajo esporádico, pero hacía ya más de un mes que iba siempre sola.

La situación familiar no podía ser más desesperante: Manuela y su marido sin trabajo, y con la prestación por desempleo y la ayuda familiar agotadas; dos hijos estudiando, a los que la situación les había empujado a vivir, comer y dormir en casa de los abuelos paternos por la imposibilidad de cubrir sus padres esas necesidades básicas; y para colmo, el agravante de la madre de Manuela enferma terminal con un más que previsible fin.

Todo eso lo conocía José María, por eso había decidido ir en autobús a su trabajo, por eso no le quitaba la vista de encima a Manuela, por eso tenía la necesidad de hablar con ellos, de explicarles las posibles alternativas al desalojo. Necesitaba hablar, fuera como fuese, con esa familia que injusta e inevitablemente iba a ser desahuciada de la única vivienda que tenían y eso a él le dolía en el alma, era como si una pesada losa le hubiera caído sobre sus espaldas y no le dejara respirar.

Aquella mañana de un frío noviembre, decidió que ya no había tiempo que perder, que o hablaba con ellos o todo estaba perdido. Y, anteponiendo su honradez y su compasión a su vergüenza y a la posible ilegalidad del asunto, se acercó a ella y le dijo:

– Creo que puedo ayudarles, Manuela. Estoy seguro de ello -soltó.

Manuela elevó la cara y se quedó mirando a ese hombre alto, joven y de pelo canoso, con aspecto afable que tenía delante de ella y que le aseguraba que les podía ayudar.

-¿Cómo sabe mi nombre?

-Eso no importa, pero le repito que sé cómo pueden evitar el… desalojo de su vivienda.

Quince minutos más tarde se encontraban tomando un café en una cafetería cercana al hospital San Juan de Dios.

– ¿Y está seguro que así podremos aplazar el desahucio?

– Completamente, hasta que la Ley cambie o encuentren un trabajo que les permita seguir pagando su deuda. Pero no pierda tiempo. ¡Hágalo ya!

– ¿Quién es usted? -inquirió Manuela-. Al menos dígame su nombre.

-Me llamo José María.

– Manuela se terminó de beber su café y miró con ternura y agradecimiento infinito al caballero que tenía delante, casi como si de su Ángel de la Guarda se tratase, antes de hablar por última vez.

-¿Sabe, José María? Nunca dejamos de pagar por irresponsabilidad sino por imposibilidad.

José María se quedó mirando con lágrimas en los ojos cómo aquella señora salía de la cafetería y se marchaba a cuidar de su madre un poco más feliz.

Una mañana de finales de enero, Manuela y su marido se encontraban apostados frente a su casa esperando, nerviosos pero felices, la inminente llegada del juez con la orden de desalojo de su casa que ya está arrendada, y con la esperanza puesta en que sirva para algo aquello que aquel afable hombre de pelo canoso le dijo dos meses atrás.

– ¡Allí está!- exclama Manuela.

Dos policías acompañan al juez, un hombre alto y de pelo cano, que sale de un coche y se introduce en el portal de la vivienda rápidamente. Veinte minutos más tarde, salen los tres hombres.

Manuela se lleva las manos a la boca, después de exclamar:

– ¡¡José María!!

 José María mira al frente y sonríe, Manuela también.

Volver arriba