cresponnegro

 La oscuridad de esta trágica noche se puede oler. Sin quererlo se cuela por los orificios nasales e inunda el alma y el corazón llenándolos de pena, impotencia y pánico. Pero aquí estoy, de pie sin saber muy bien cómo, en una fila interminable y agónica donde los lamentos son la música que estremece mis oídos y enmascara los míos. Aquí estoy, esperando no encontrarla ahí dentro.

Nunca pensé que podría decir esto y, sin embargo, ahora lo grito bien fuerte ¡No quiero verla! ¡No quiero verla! Y lo repito una y otra vez para que se haga realidad, para que por una vez en la vida se cumpla alguno de mis deseos, el menos egoísta, el más sincero,…, el más necesario. ¡No! ¡No quiero verla ahora! ¡No quiero verla aquí! Y lo digo yo, que no me importaba esperar el tiempo que fuera necesario solo para verla pasar por los pasillos al salir de clase; yo, que le he escrito cientos de cartas declarándole mi amor, para luego romperlas como un cobarde; yo, que nunca he visto el momento idóneo de hablar con ella, de contarle lo mucho que me importaba, de decirle de una vez por todas que por ella daría mi vida,…, que la amo desde la primera vez que la vi.

¡Qué ruin es el destino! Ahora que por fin me habría atrevido a soltarlo todo, llegas tú, destino cruel, y me arrebatas el momento. ¡No lo voy a permitir! ¡No voy a darte el gusto de que veas mi denodado rostro! Empujones involuntarios me hacen volver a la cruda realidad. Apenas he avanzado unos centímetros y mis pies se niegan a andar, están cansados, todo mi cuerpo está extasiado, pero la fila prosigue su curso sin poderlo evitar y con ella aumentan los gritos de pánico y desesperación.

“Esto tiene que ser una pesadilla”, me grito a mí mismo mientras me pellizco con fuerza el brazo ennegrecido por el humo negro.

Esta noche, en la fiesta, le iba a declarar mi amor de una vez por todas. Sí, lo tenía todo planificado: las palabras en mi boca, los susurros en sus oídos y mi corazón en la mano para que pudiera ver que todo era verdad, que siempre le he amado. ¡Ay! ¡Cuánto he deseado que llegara esta noche! Y ahora, en este momento en el que me miro la tizne en mi piel, me arrepiento de haberla deseado tanto.

Quiero olvidar la agonía vivida hace apenas unos minutos cuando dejé de estar a su lado; cuando dejé de oír la música de los Gurizada Fandangueira, esa que tanto le gustaba; cuando la gente me empujaba y me pisoteaba y el instinto de supervivencia hacía de las suyas; y cuando el calor de las llamas me quemaba la espalda. Quiero olvidar esta noche y sobre todo sus horrísonos ruidos: el pavoroso crepitar del fuego y los espeluznantes gritos de miedo,…, de dolor. Pero no los puedo olvidar porque los sigo oyendo a mi lado y más allá, dentro y fuera de este horrible lugar, y me agujerean los oídos para colarse como fieras dentro de mi cerebro.

Siento que desfallezco conforme avanza temerosa la fila, las piernas languidecen y mi espíritu se desploma. Ya estoy dentro, ahora me toca a mí. Ante mis ojos la horrenda y antinatural visión de cientos de jóvenes cuerpos esparcidos por el frío suelo de un gimnasio. Tengo miedo, aun así los recorro de uno en uno. La gente a mi alrededor no para de gritar, de clamar al cielo,…, de maldecir.

Un grito ensordecedor sale de mis entrañas, miro al suelo y veo como mi esperanza cae rota en mil pedazos sobre su exangüe cuerpo.