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Como Todos Los Días

Como todos los días

 Ana arrima la cazuela al fuego de una manera rutinaria, automática, casi por inercia,… como todos los días. «Las lentejas se cuecen mejor en agua fría», piensa mientras que, gracias a la gran visión periférica que aún posee a pesar de sus 56 años, se mira en el cristal del microondas que pide a gritos una limpieza urgente. A Ana no le gusta lo que ve. La imagen que se refleja en el turbio cristal es el de un rostro apocado, sin luz, que se le desdibuja por momentos. No quiere seguir mirando, en su lugar, se acerca al frigorífico y agarra una cerveza,… como todos los días.

En ese momento aparecen de soslayo por su mente imágenes de su madre tirada en el suelo. Los remordimientos al verse en el lugar de su progenitora, convertida en una alcohólica amargada, hacen acto de presencia de manera férrea. Ahoga esos sucios y pavorosos pensamientos con un buen trago del líquido dorado,… como todos los días.

La segunda cerveza le dura menos que otras veces, exactamente hasta que el guiso de lentejas comienza tímidamente a hervir. La tercera, hasta que logra encontrar entre tanto cacharro mal organizado la tapadera de la cazuela que, ausente de todo lo que le sucede a su dueña, se afana por cocer lo poco que en su interior hay. Sin querer, vuelve a ver su reflejo en el cristal del microondas: imagen devastadora que la hiere en el alma. Quiere ahogar de nuevo sus miserias en el alcohol pero en el frigorífico no quedan más botellas de cristal marrón, de esas que transforman su miserable mundo momentáneamente.

Ana cierra de un portazo la puerta del frigorífico y, mientras lanza al aire toda una sarta de improperios, se va colando por su nariz y por su garganta el aroma a legumbre cocida. Ana siente nauseas pero, aun así, reacciona y se acerca a la cazuela con la intención de menear el exiguo guiso. Piensa en el mueble bar del salón y en lo que su interior contiene. Camina con desesperación hacia él, mira a su alrededor y piensa: «El salón, mi salón, que poco te queda de mío».

Decide entonces arreglarse un poco. Su marido llegará en cualquier momento y quién sabe si con buenas noticias. Se va al cuarto de baño y busca, en el único cajón del mueble que hay colgado en la pared, una deslucida bolsa de aseo donde guarda los productos de belleza, esos que solía usar todos los días cuando iba a trabajar. Al cabo de dos minutos, unos labios excesivamente rojos resaltan en un rostro ojeroso en el que un día unos ojos verdes enamoraron al hombre que en ese instante entra por la puerta, abatido y con la mirada perdida,… como todos los días. Ana busca ansiosa los ojos de su marido reclamando una respuesta positiva a una pregunta callada, la misma pregunta de siempre. El marido abatido levanta la vista, la mira y ni siquiera repara en el excéntrico maquillaje de la mujer que tiene enfrente, y con un leve movimiento de su cabeza de derecha e izquierda contesta a su esposa,… como todos los días.

Alertada por un sospechoso olor a legumbre quemada, acude a la cocina y vuelve a ver su reflejo en el tiznado cristal del microondas, en esta ocasión, de frente, sin titubeos: ridícula imagen la que se adivina. Se limpia el carmín con el dorso de su mano, arrastrando todo el producto por su húmedo carillo.

Ana pone la mesa, se sientan a comer con un nudo en la garganta, mudos y absortos en sus pensamientos, los mismos, los de siempre… como todos los días.

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