Bienvenidos de nuevo a Desde mi Atril, este humilde espacio de reflexiones y vivencias musicales plasmadas en pequeños artículos.  Espero que mi retórica no se haya oxidado en el parón estival, yo por mi parte no he parado de escuchar, aprender y pensar.

Como digo, ha sido para mí un verano de escuchar y aprender, aunque viajar he viajado poquito. En este primer artículo de la segunda temporada voy a empezar contando uno de los momentos que viví (igual aderezándolo con un poquito de imaginación) y de ahí ya empezaré a divagar, como es costumbre.

Resulta que a mitad de agosto yo me encontraba en pleno centro de Andalucía asistiendo a un curso, mañana y tarde sin parar casi un momento. El último día salí de la ponencia de por la tarde totalmente abatido, al límite física y mentalmente, porque era casi una semana durmiendo muy poco, comiendo de aquella manera y procesando muchísima información. A eso había que sumarle una ola de calor inmisericorde que no dejaba casi respirar. Por lo demás todo iba genial, porque estaba viendo muchas cosas interesantes y el ambiente era muy bueno, era un foro perfecto de intercambio de experiencias y vivencias entre gente con intereses comunes. Pero de vez en cuando necesitamos esos ratos de vacío, de fijar la vista en un punto indeterminado y dejar fluir la mente.

En uno de esos momentos me hallaba, solo, en un bar con una elaborada decoración modernista. No tenía nada de cobertura, lo cual me hacía resignarme a seguir echando de menos y a aislarme del resto del mundo, como cuando no estábamos tiranizados por los móviles. Serían las ocho de la tarde, y un grupo medio improvisado probaba sonido para un concierto de versiones esa noche, versionaban clásicos del rock. En un momento dado un rasgueo de guitarra acústica me hizo evocar, esa canción me sonaba; claro, era Wild Horses, de los Rolling, una preciosa canción. De hecho todo se transformó, eso ya sonaba de forma distinta, eso ya tenía algo más de ceremonia. Los músicos se afanaban en ir desgranando los acordes como una sucesión inevitable, en llevar el tempo como un delicado reloj antiguo, todo con la seriedad y el respeto precisos de quien admira una obra de arte. Mientras, el cantante ponía toda la intensidad (y sólo era una prueba de sonido) y cantaba con voz rasgada y doliente: Wild horses, couldn’t drag me away…

Aquella atmósfera me llevó a pensar que era otoño, en algún lugar remoto, que fuera llovía a cántaros y que yo me había refugiado allí de la lluvia y de paso escuchaba aquel concierto de tan escaso público. El tiempo se detenía allí porque cuando cesara la última canción no sabría qué hacer ni a dónde ir, y las hojas secas revolotearían a mi alrededor mientras enfilaba alguna calle adoquinada y resbaladiza. Podría haber hecho poesía de un simple segundo, y me vinieron a la mente nombres de hasta catorce ciudades distintas, pero en realidad no era ninguna de esas, y no estaba ni más al norte ni más al sur de ninguna parte. Pero acabó la canción, volví a ser consciente de que me hallaba en el centro de Andalucía en pleno agosto, soportando un calor infernal, y que al día siguiente estaría devorando kilómetros de regreso a casa. Pero ese viaje sería mucho menos intenso del que acababa de hacer mediante una simple canción.

Entonces apuré el vaso, me puse en pie y me acerqué a los músicos. “¿Os importa si canto algo con vosotros?” “Pues claro, estás invitado. Dinos cualquier clásico del rock, que nos lo sabremos, qué quieres cantar”. Y ahí es donde está la música más auténtica, en esos actos espontáneos; tanto en un grupo de versiones improvisado como en un estudiante que decide que va a tocar una sonata en su casa porque le apetece. Cuando hablo de autenticidad no me refiero a estilos ni a épocas, sino a momentos y formas de proceder. A partir de ahí la música se puede adornar con todo lo que queramos (títulos, estética, egocentrismos, intentos de innovar, marketing, managers, intereses, entradas de treinta euros, imágenes, luces, disfraces, etc.…), y unas cosas serán más interesantes que otras para cada cual y para cada situación.  A medida que uno va evolucionando, tanto si se es músico como si se es oyente,  va decidiendo qué le interesa y qué no, en qué toma partido y qué aspectos no van con su carácter. Pero nunca debemos perder de vista lo esencial: lo que suena, lo que se transmite y lo que se siente.

Desde mi atril os doy la bienvenida a esta segunda temporada, espero que podáis encontrar cosas interesantes.